CAPÍTILO II. INMERSOS EN LA FANTASÍA
A las 7:00 h. sonó el despertador y como mi marido y yo somos muy remolones a la hora de levantarnos, le pedimos a Héctor que por favor cogiera el teléfono. Al oír al Mickey puso cara de asombro y despertó a su hermano y a sus primas diciendo que se levantaran pronto, que seguro que Mickey les iba a estar esperando en recepción.
La noche anterior habíamos dejado todo preparado (ropa, mochilas, cámaras) y como ya estábamos duchaditos, solo tuvimos que vestirnos y bajar a desayunar. Al ir a calzar a David descubrimos que sus zapatillas seguían mojadas, así que tendríamos que comprarle unas nuevas.
Bajamos a recepción y Héctor se pudo a buscar a Mickey como un loco. No lo encontró, pero casualidades de la vida, había un cartelito indicando que el personaje que estaría firmando y haciéndose fotos a las 8:00 h., sería Mickey. Parece magia ¿no? Así que fuimos a ver si la tienda estaba abierta para comprar las zapatillas de David, y al ver que no abría hasta las 8:00 h., primero pasamos a desayunar y luego haríamos las compras.
Los desayunos los tienen muy bien organizados. En el hall del hotel te preguntan de cuantas personas se compone tu grupo y en función del número y de las mesas que están organizadas en los diferentes salones, te distribuyen a un sitio u a otro. Ese día nos llevaron al Parkside Diner. Cuando llegamos ya teníamos la mesa preparada para 7 y nos lanzamos al buffet. El desayuno es variado, abundante, con diversos platos fríos y calientes, bollería, fruta, zumos de varios sabores, el malísimo café parisino y una caja de tés que estuve tentada a llevarme a mi casa. ¡Qué tés más ricos ! Y sin colas ni aglomeraciones. Por mi parte, un 10 al desayuno.
Tal y como me habían recomendado, me llevé bolsitas autocierre en las que metí fruta para que los niños comieran a media mañana y algo para media tarde.
Con las barriguillas llenas subimos a la habitación a coger las chaquetas y lavarnos los dientes y al bajar ya estaba abierta la tienda. Preguntamos por una zapatillas para David pero no tenían, eso sí, sin decirles nada, llamaron a otras tiendas del Village y nos dijeron que en Disney Fashion las encontraríamos.
Al salir de la tienda vimos que Mickey ya estaba firmando autógrafos y haciéndose fotos. Los niños salieron corriendo a ponerse en la cola y consiguieron su primera firma. Después de hacerse la foto vieron que en pocos minutos aparecería Minie, así que decidieron esperar para posar también con ella.

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Tras la sesión de fotos y firmas, nos encaminamos al parque pasando por la tienda para comprar las zapatillas de David. Allí encontramos unas muy chulas con Jack Skelleton (Pesadilla antes de Navidad) y se las compramos. ¿Qué tendrán las tiendas Disney que es imposible comprar lo que buscas sin seguir cotilleando por toda la tienda? Allí ví una camiseta de lentejuelas con la cara de Jack Skelleton de la que me quedé prendada, pero fui fuerte y no me la compré. ¡A ver cuánto me duraba la fuerza de voluntad!.
Con los pies de David y zapatillas nuevas, ya sí que nos encaminamos al parque. Avanzar hacia cualquier sitio con cuatro niños en condiciones normales ya es complicado, si estás en Disney más porque todo les llama la atención y si encima has propuesto el juego de los hidden ya es una locura. ¡¡Dios mío, he creado monstruos!! Veían hiddens por todas partes. Muchos de ellos reales (¿Cómo puñetas verán tantos?), otros inventados y otros que es difícil decidir si es un hidden real o simplemente el contorno de la cabeza de Mickey… Las reglas las puse yo, y yo fui la que decidí que cuando vieran uno me lo tenían que enseñar para decir si era un hidden real y que no estuviera repetido. Pues yo pongo las reglas, yo las sufro. Me tenían como loca de un lado para otro (verjas, globo aerostático, decoración de tiendas, alcantarillas, carteles,..) mirando hiddens. Yo ya no sabía si eran hiddens o no, y mucho menos si estaban repetidos… Ay, ay, ay, que locura. Pero los niños se lo tomaban muy enserio y se lo pasaron bomba.
Lo malo es que entre fotos, tiendas y hiddens, nos habíamos comido casi por completo las horas mágicas. Al llegar a la entrada eran las 9:45h. y las colas estaban llenas esperando que se abrieran las puertas. Cómo nosotros ya podíamos pasar, buscamos y encontramos la famosa entrada lateral junto al Salón Mickey. Por allí pudimos pasar sin problemas y encaminarnos hacia la Main Street.
Nada más entrar vimos uno de los coches antiguos que descargaba a sus pasajeros y preguntamos si podíamos montarnos hasta Fantasyland. Nos dijeron que sí. ¡Y fuimos montados en uno de esos preciosos coches de época, como señores!
Nos bajamos del coche y cruzamos el foso del castillo para entrar en un mundo de cuento y fantasía. En principio yo pensé que este land iba a ser el que menos gustara a los peques. Mis niños son unos brutotes adictos a las emociones fuertes y mis sobrinas tampoco son muy dadas a las princesas, pero ya en la entrada comprendí que me equivocaba y que los cuentos son para todos los públicos, gustos y edades. Tan solo hay que tener imaginación y ganas de mucha fantasía.
En cuanto vieron la espada del Rey Arturo corrieron como locos para sacarla. E hicieron fuerza de verdad, convencidos de que alguno lograría sacarla. Tiraron con todas sus fuerzas, pero no fueron capaces. ¿Cómo tendrán pegada la espada para que nadie la saque ni la parta? Porque de verdad que los enanos se emplearon con todas sus fuerzas, incluso ví a adultos intentarlo sin ningún resultado… ¡Qué tonta! No me había dado cuenta de que realmente la magia existe y solo el Rey Arturo logrará sacarla.

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De ahí decidieron realizar un viaje en unos elegantes y majestuosos corceles mientras Oze se acercaba a las inmediaciones de Londres para sacar un Fast pass de Peter Pan.

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Aunque ya eran más de las 10:00 h., en Blancanieves no había mucha cola (5 minutos) así que nos adentramos en un cuento con momentos de miedo, pero con un final feliz. David, mi hijo pequeño de 7 años, es un asustón y al pasar por el bosque oscuro en el que los árboles parecen tener terribles caras, dijo pasar mucho miedo. Y ahí pensé yo, “pues ya verás, que no se va a querer montar en otras muchas…” Pero yo creo que fue solo que no se lo esperaba, porque de ahí fuimos a Pinocho y ese cuento ya no le dio miedo.
Pasado ese tiempo ya nos tocaba entrar en Peter Pan y descubrimos un mundo mágico realmente logrado que justifica las largas colas que tiene esta atracción para entrar. David salió encantado y quiso volver a montar, pero le dijimos que era mejor ir descubriendo nuevas atracciones y ya por la tarde o al día siguiente en las horas mágicas, repetiríamos lo que más nos había gustado.
Siguiendo la aventura entramos en un laberinto cuyo destino final era el castillo de Alicia. En esos momentos lucía el sol, y la vegetación mezclada con esa maravillosa decoración crean un entorno mágico del que disfrutar. Sin embargo Lassa y Héctor, los dos mayores, salieron corriendo y mientras los demás aún dábamos vueltas intentando encontrar el camino, ellos ya estaban en las almenas del castillo. Fue un bonito paseo que disfruté mucho y David también quería repetir. Se nos acumulaban las repeticiones: Héctor empeñado en volver a ir a Space Mountain 2, David a Peter Par y el Laberinto, y los demás con ganas de continuar…

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Quisimos montar en unos alegres elefantitos capaces de volar (otra vez la magia) pero la cola era de 90 minutos así que convencimos Nayele, la máxima interesada en esta atracción, de que al día siguiente prontito, podríamos montar sin tener que esperar tanto.
Todo estaba yendo muy bien, pero en nuestro camino se cruzó un sombrerero loco que nos hizo reír en unas tazas que no paraban de dar vueltas.
Tantas emociones y tanta aventura habían abierto un agujero en nuestros estómagos y fuimos a comer a la Pizzería Bella Notte. En este punto, tengo que poneros en antecedentes. Mi marido, mis hijos y yo somos todos grandotes y muy tragones y Héctor, que al tener 10 años llevaba menú infantil, come casi (casi, por decir algo…) como un adulto. El menú de adulto se compone de una ensalada de primero y o lasaña, o pizza o un plato de pasta de segundo. El postre creo recordar que era o un tiramisú o un helado. El menú infantil es igual pero de cantidades más reducidas. Los niños pidieron todos pizza menos uno que pidió pasta. De primero les pusieron una bolsita con 5 ó 6 tomates cherry y la pizza era pequeñita con la forma de Mickey. Héctor se quedó mirando su planto con cara de pena, pero no dijo nada… El pobre se iba a quedar con hambre. Pero como en Disney todo tiene que ser perfecto, sin que nadie dijera nada, todos fuimos dándole algo de nuestra comida. Al final el enano se juntó con su pizza, media pizza de adulto y 4 helados. A cambio, él nos cedió su bolsa de tomatitos (que no le gustan nada). ¡Hay que ver que generoso es mi hijo! Al final comimos bien pero aviso que el menú infantil puede resultar escaso para niños mayores con estómagos agradecidos.
Se había quedado una tarde estupenda y decidimos inaugurarla visitando It’s a small World. La verdad es que es una atracción deliciosa que gustó mucho sobre todo a mi suegra. Es imposible rememorar esos muñequitos sin que la musiquita resuene en mi cabeza.
Por la mañana no habíamos visitado el castillo, así que decidimos que sería un buen momento para hacerlo, pero incautos de nosotros entramos por una cueva interior que encontramos en la parte baja de la muralla. Allí habitaba un dragón que aunque en principio parecía dormido, debió de despertarse por los aspavientos de los niños. Los niños tuvieron claro que el cocodrilo de Rain Forest no era de verdad, pero al dragón David no quería acercarse mucho no fuera a ser…

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Subimos por unas escaleras y llegamos a la tienda donde están tallando cristal. La verdad es que había unas cosas preciosas y unas tiaras de ensueño. ¡¡Qué pena no ser niña y poder disfrazarme de princesa un par de veces al año, que si no me hubiera comprado una!! Para matar el gusanillo, le compramos una de las tiaras a otra sobrinilla que tenemos y que le encantan las princesas.
Seguimos subiendo para poder ver el castillo por dentro y admirar las logradas vidrieras. Allí vimos como unas responsables armaduras cuidaban la fortaleza mientras se les escuchaba roncar placidamente. David se tronchaba de risa y se pasó el resto del viaje diciendo: “voy a trabajar duro de verdad. Uggg, uggg, uggg”.

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Teníamos los pies destrozados y como esa noche queríamos ver el Dreams decidimos ir a descansar un poco al hotel. Ahí tomamos una magnífica decisión y no tan buena al mismo tiempo. El pensamiento de poder relajarnos un poquito haciendo unos largos en la piscina y luego en el jacuzzi nos llevó como unos zombis hacia el New York.
En la piscina había poquísima gente y teniendo en cuenta que es muy amplia y luminosa pasamos un buen rato chapoteando. Debe de ser que soy piscis, pero me encanta nadar. Soy una persona superfriolera y cuando el agua llegó a la barriguilla me dieron tentaciones de irme directamente al jacuzzi, pero esos malos pensamientos los solucionaron rápidamente los niños salpicándome enterita. Una vez mojada, y en cuanto hice un par de largos, la temperatura del agua era la ideal. Tras relajarnos un rato nadando nos vimos en el paraíso al entrar el jacuzzi, pero solo los mayores ya que los pequeños no pararon de saltar, perseguirse y jugar. Estuvimos más de una hora en el agua y si queríamos ir presentables a la cena, debíamos ir a la habitación a prepararnos.
Tras una reparadora ducha salimos de nuevo hacia el parque. El destino elegido era el Walt’s. En un principio dudé si elegir este restaurante o no. Me parecía un ambiente serio y relajado para ir con mis cuatro fierecillas, pero entre todos me convencisteis de que me gustaría. Y os lo agradezco porque fue una magnífica opción. Los niños de primer tomaron crema de queso con sabor a salmón y finas yerbas con palitos de pan de que estaba para chuparse los dedos, aunque reconozco que lo disfrutamos más los mayores que los pequeños y de segundo hubo variedad, fish and chips, hamburguesa y pasta. Para el postre tampoco se pusieron de acuerdo y pidieron tanto el queso, como la tarta de manzana como el flan de chocolate.
Los mayores también probamos todo. Oze y yo la ensalada Caesar y Emilia el Tatín de verduras y de segundo Oze se pidió el risotto de verduras, Emilia la carne y yo el bacalao que estaba exquisito. Y en los postres, para variar, también cada uno una cosa: Crema catalana, fondant de chocolate y la tostada francesa. Una cena excepcional y deliciosa servida de una manera impecable. Por sacar una pega, diría que el servicio fue un poco lento, pero nada excesivo.
El problema de la piscina fue que entre el madrugón, la paliza del parque y la paliza que se pegaron los enanos en el agua, terminaron agotados y después de la relajante ducha y de la cena, Nayele se durmió. Pensamos en que alguno de los mayores se fuera al hotel con ella para que pudiera acostarse, pero no hubo voluntarios. Quizá fuéramos un poco crueles, pero nadie quería perderse el Dreams. Así que la despertamos y nos encaminamos por la Main Street buscando el mejor lugar posible para ver el espectáculo. A la altura del Casey’s Corner ya había gente esperando, así que nos paramos allí. En principio me pareció una buena zona. Estábamos centrados y no muy lejos del castillo.
Los niños se sentaron en la acera y aguantaron la espera como buenamente pudieron.

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Para hacer más leve el tiempo que nos quedaba, entré en la tienda que teníamos justo detrás y me encapriché de una bandeja de cubitos de hielo con las caras de Mickey y Minie. Llevaba ya dos días trasteando por el parque y aún no había picado en nada para mí, así que ya no me pude controlar más, y me la compré. Mientras pagaba la compra, por megafonía anunciaban que en 5 minutos empezaría el espectáculo.

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Con un montón de expectativas me dispuse a verlo. Aunque sí he leído los comentarios que habéis publicado de él, no he querido ver ningún video para poder verlo por primera vez en directo. Según sonaron los primeros acordes de la música, una barrera de niños subidos a hombros de sus padres nos quitabatoda la visión. De puntillas los mayores alcanzábamos a ver la mitad superior del castillo, pero los niños mucho menos.
No puedo decir que viéramos el espectáculo, si no que lo intuimos, lo que nos dejó un sabor agridulce. Lo que vimos ya nos pareció impresionante, pero intuíamos que había mucho más, así que decidimos que al día siguiente iríamos mucho antes para coger un sitio mejor. Aún así reconozco que fue posiblemente el momento más mágico y emocionante de nuestro viaje.
Cuando terminó el Dreams, la avalancha de gente que se dirigía hacia la puerta era considerable, por lo que había que estar atentos de que ningún niño se despistara.
Una vez más, estábamos destrozados, así que cuando vimos nuestras camitas casi lloramos de la emoción (meterse en la cama también era un momento emocionante del día) y ese día a los niños no les dio tiempo a decir ni mu. Según pusieron la cabeza sobre la almohada cayeron fulminados. De verdad que es la primera vez en la vida que mis hijos se han dormido nada más meterse en la cama. Porque estaba demasiado cansada, si no me habría levantado a ver si seguían respirando, pero a mí también se me cerraron los ojos….