Comienza el viaje
Como madrugo poco los días que trabajo (6:00 h.), hoy, mi primer día de vacaciones, madrugo más (5:00 h.). Luego dicen que tengo mal carácter y se me suben los cuernos para arriba. Entonces recuerdo el motivo por el que me levanto tan pronto y un rayo de energía me recorre el cuerpo.
Anoche dejamos todo preparado, así que cargamos los baúles (bueno, ahora le llaman maletas) en el coche y nos vamos para el aeropuerto.
Allí dejamos mi coche en manos de un señor con el chaleco rojo. Hombre, no puedo comparar un coche con mi escoba, pero dentro de lo que hay en estos tiempos, el coche mola. Y dejarlo en manos de unos desconocidos no me hace ninguna gracia. Así que, aprovecho un momento en el que Oze, mi marido, está despistado, y le echo un pequeño hechizo al que está osando poner las manos en mi cochecito para dejarle claro que, como le ocurra algo malo a mi transporte, lo mejor que le puede pasar es terminar convertido en un sapo. Hechizo realizado sin que me pille nadie. A Oze no le gusta que ande haciendo magia por ahí, y cuando me ve, me regaña. Yo le digo que, el día menos pensado, el que termina en la charca de los sapos es él. Pero creo que no le intimido. ¡¡Con los años me estoy convirtiendo en una blanda!!
Después de dejar los baúles en una máquina traga maletas buscamos un sitio para desayunar.
Con las barrigas llenas, encontramos al pájaro de hierro que nos llevaría hasta Frankfurt, y nos colamos en sus entrañas. La primera vez que me subí (bueno, más bien me subieron) a un avión, me pareció tenebroso y nada seguro. Así que empecé a echar chispas y maleficios por doquier. Os podéis imagina la que se montó: luces que se encendían y apagaban, las alas relampagueando, el personal corriendo,… Se ve que al pajarillo no le gustaron mis artes y se puso malillo, así que después de sacarnos a todos del avión, tuvieron que buscar otro pájaro dispuesto a volar.
Tras el espectáculo, ya me explicaron que aunque entrara dentro del avión, no me quería comer y que era mejor hacerlo por las buenas.
Desde entonces, ya casi me he acostumbrado a que un pajarraco enorme me trague. Lo que no significa que me guste lo más mínimo. Según voy entrando por sus fauces, le digo cosas bonitas para que se porte bien. Y por si acaso, le enseño la barita. Nunca se sabe con las aves.
En esta ocasión, mis prácticas surtieron efecto y llegamos a una ciudad alemana llama Frankfurt sin el menor contratiempo. Por los pasillos de su aeropuerto encontré a un señor cuya cara me sonaba. Estaba segura de haberme cruzado alguna vez con él, pero no lograba ubicarlo en el lugar ni el tiempo. ¡¡Qué pena de los años!! ¡¡Con la buena memoria que he tenido yo estos siglos atrás!! ¡¡Einstein!! Dijo alguien. Y ahí sí, ya caí. ¡¡En malos momentos nos encontramos!! En los preludios de la segunda gran guerra coincidimos un par de veces en algún acto social. Pero nunca llegamos a cruzar palabra. Ya sabía yo que una cara nunca se me escapa. Le presenté a mi familia y nos hicimos alguna fotito juntos. Hombre de poca conversación, apenas si dijo palabra.
Y vuelta a empezar. Otra vez a las tripas de otro pájaro. Curiosamente se llamaba igual que el anterior: Lufthansa. Me imagino que serían familia. Éste debía ser su hermano mayor porque era bastante más grande. Eso o había comido más…Ese pensamiento no me gustó nada. A ver si se había atiborrado a gusanos y otros insectos y luego no iba a poder volar. Cuando mi dragón se pasaba con la dieta, luego dormía dos o tres días hasta que hacía la digestión. Mala cosa.
Según entraba al Lufthansa grandote volví a decirle cosas bonitas. Le hablé de mi niña. De que tenía que ir a verla e hiciera un esfuerzo para llevarme junto a ella.

Sabía que nuestro destino estaba lejos y tardaríamos mucho en llegar. Pero el viaje no se me hizo tan largo. Entre el madrugón y los nervios de los últimos días, caí dormida al poco de flotar entre las nubes. Y soñé con tierras mágicas. Al poco tiempo, tomábamos tierra al otro lado del océano entre una densa cortina de agua. Estábamos en nuestro destino.¡¡Orlando!!

Resulta que cerca se encontraba un tal Harvey que tenía la capacidad de hacer llover y enviar fuertes vientos. ¡¡Para que luego digan de las brujas!! Por ahí también hay algunos con mal carácter. Como la cosa no parecía grave y estaba segura que a Oze no le haría ninguna gracia que utilizara mi magia para enviar a las nubes a unos cientos de kilómetros de Orlando, dejé las cosas como estaban.
Salimos a la calle y tras unos segundos de impacto, volví al aeropuerto para asegurarme que estaba en Orlando y no en el infierno. Os puedo asegurar que en las puertas del averno hace mucho menos calor. Entre la lluvia y el sudor, mi peinado no iba a mantenerse. Lo cual rozaba la tragedia. ¡¡Llevaba meses preparando el momento en el que me encontrara con mi niña!! No había dejado ningún detalle abandonado. Y no nos engañemos, el paso del tiempo no perdona y ya no parezco la de antes. Quería estar perfecta para que ella me reconociese. Y claro, con la catástrofe en la que iba a terminar convirtiéndose mi pelo, la cosa se complicaba.
Mi marido encontró a un señor que muy amablemente nos llevaría en su coche a nuestros aposentos.
Aunque mi corazón no veía el momento de reencontrarse con mi princesa, habíamos decidido que antes realizaríamos una visita de cortesía.
La gente corriente cree que los magos y las brujas son cosas de otros tiempos en los que los cuentos y leyendas corrían de boca en boca. Pero no es cierto. ¡¡Lo sabré yo!! La mayoría vivimos escondidos detrás de otros ropajes y costumbres. Sin embargo, hay un pequeño mago con un gran coraje que ha tenido la valentía de contar su historia a la humanidad. Su nombre es Harry. Y estando tan cerca de su escuela, nos parecía de muy mala educación no pasar a saludarle.
Reconozco que sentía gran curiosidad por conocerle, intercambiar trucos y hechizos y darnos nuestras direcciones para poder seguir en contacto. Así que nuestra primera posada se encontraba cerca de Hogwarts, el colegio de Harry.
Ya anochecía cuando llegamos a nuestros aposentos y cual es mi horror cuando al asomarme a la ventana veo que estamos en la falda de un volcán. ¡¡Qué locura!! Una cosa son las dos o tres gotitas de agua que caían por el tal Harvey ese, y otra cosa es dormir junto a un volcán. Eso no. Así que saqué mi barita y mandé al volcán a dormir por unos días. ¡¡Faltaría más!
Mi marido quería ir a comprar algunos alimentos para nuestra cena pero la verdad es que era tarde y estábamos agotados, así que, aprovechando que nuestra posada disponía de salón de comidas, tomamos algo allí.

Aunque me cueste reconocerlo, la verdad es que las posadas de hoy en día son mucho más cómodas que las de mi tiempo. Pasamos tres días en una que se llamaba Cabana Bay Beach Resort y la verdad es que era increíble. Llena de cosas mágicas, como a mí me gusta: grifos donde la coca cola nunca se termina, lagos que relucen por la noche, aire frío o caliente según nuestros gustos,.. Una maravilla. Por no hablar de las dos enormes camas en las que dejé caer mis huesos y no desperté a la mañana siguiente.